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Ciclogénesis explosiva. De Tejer a pluma (Varios autores)

Ciclogénesis explosiva

A Félix Romeo

A Nacho Sáenz de Tejada

 

Abres los ojos. Las luces de los coches que vienen de frente parecen tocar violentamente una parte de tu cerebro. Sostienes el volante con la mano izquierda y con la libre te presionas la sien con la esperanza de calmar un dolor agudo, como el que da cuando se bebe algo muy frío. Un dolor que empieza en el lacrimal y que hace que durante una fracción de segundo olvides completamente qué es lo siguiente que tienes que hacer. Pensar, amigo, te dices. Frunces el ceño e intentas concentrarte, pensar, pero es difícil hacerlo con el ruido de las luces en tu cabeza y el sonido de los limpiaparabrisas y la voz de la radio que habla y habla del frío siberiano que hace esa noche y de ventisca y de lluvia en la zona norte. Piensas en Manel. Te habría gustado haberle podido preguntar si duele morirse. Sujetas el volante con las dos manos e intentas enderezarte un poco más en el asiento. La lluvia sigue golpeando con fuerza el parabrisas y llega racheada a los cristales laterales, por los que apenas vislumbras las líneas blancas que se desdibujan en la carretera, de la que has estado a punto de salirte. Sabes que tienes que concentrarte. Piensas en tu madre. En las manos de tu madre. Ya debe de hacer diez años que se murió. Sabes que necesitas parar el coche y tomar algo que te quite ese dolor de cabeza. Se te cierran los ojos. Notas que se te cierran los ojos, pero no consigues atisbar la salida que estabas seguro de que tiene que estar ya por allí. Cierras los ojos un segundo. Un segundo en el que sientes el sol de frente, sobre los párpados, un sol que hace que todo tu mundo parezca de color naranja oscuro. Un segundo en el que intentas recordar cuál fue el último entierro al que asististe. Piensas en tu madre. Y piensas en cuando te miraba enfadada y luego se reía sin parar. Piensas en sus ojos. Tenía un ojo más grande que otro. Piensas que si te quedas quieto más de dos minutos seguidos, merendarás pan con chocolate. Y piensas en tu amigo Manel. Le recuerdas ante ti, sonriente. Sudoroso. Feliz. Cenaste con él hace un par de meses. Te contó que tenía una novia nueva. Pero eso fue antes de que él supiera lo de su enfermedad y antes de que tú supieras que su novia le había dejado. Piensas en tu madre y en que siempre te dice que cuando tienes novia estás muy raro. Que no quiere que tengas más novias. Dice que dejas de llamarla. Y recuerdas que hiciste eso, dejaste de llamarla. Llevas diez años sin llamar a tu madre. Y vuelves a recordar que tu madre está muerta. Y te acuerdas de sus ojos. Cómo te miraba. Y recuerdas el pan con chocolate. Te gusta cómo huele. Te gusta comerlo en la entrada de la casa, sentado en el poyete, donde, al acabar, tienes que meter las manos bajo la parte de los muslos que no tapa el pantalón, porque tienes las piernas heladas. Los ojos se te vuelven a cerrar. Recuerdas el ruido que hacía tu madre al levantar las sillas de la cocina para barrer. Oyes también el sonido del limpiaparabrisas, que se confunde con el recuerdo de la respiración de tu madre y el recuerdo de Manel contándote que está muy grave. Y recuerdas a tu madre cerrando las contraventanas de la despensa y abriendo los cajones del armario de puertas verdes. Moviendo el tarro del azúcar, las bolsas del pan, el bote de café y la leche en la ventana del cuartucho que sirve de fresquera. Sabes que esta noche habrá ventisca, como la noche que murió y te parece que hubiera alguien más hablando con tu madre, aunque esté muerta. Hace años que no la escuchabas hablar así, como si se riera, mientras te llega un aroma que te recuerda al del árbol del paraíso y al del falso jazmín, un olor que hace que te duela mucho la cabeza, un dolor agudo, como cuando se muere alguien, un dolor que te hace no querer volver a abrir los ojos nunca más. La mujer de la radio habla ahora de la ciclogénesis explosiva. Y recuerdas a Manel diciendo que nunca sabes cómo va a cambiarte la vida y piensas que lo dice como si estuviera hablando solo. Y te parece verlo frente a ti. Le chorrea la frente, tiene la frente naranja y está mirándote muy serio, te lo imaginas con la cara brillante, sobre todo la zona del bigote. Tienes ganas de vomitar. Y te das cuenta de que estás en la carretera y de que la lluvia pega con mucha fuerza sobre el parabrisas y piensas bajar la ventanilla y coger un poco de granizo para la frente que te arde. Tu madre te toca la frente. Te da un beso en la frente. Tu madre te ama. Tú amas a mamá. Y te recuerdas acercándote al fondo de la pequeña habitación, que se abre a la izquierda para dar al ventanal que te separa del féretro. Ves que está cerrado y también ves que hay una fotografía de tu madre pegada en el cristal, abajo, en medio, como superpuesta sobre el féretro. Una foto que se te antoja demasiado pequeña para tanto féretro. Te ves sentado frente al cristal, delante de una planta grande, una Kentia demasiado grande para esa esquina apretada. Recibes con una sonrisa infinitamente triste los saludos de la gente. Una gran mujer, te dicen y estrechas manos calientes entre las tuyas extremadamente pálidas y suaves y frías, demasiado frías para la temperatura de la sala abarrotada. También piensas que la Kentia aguanta bien el calor. Frente a ti, el féretro, de un caoba claro, veteado, bajo un par de ramos de flores también muy grandes. No te fijas demasiado en qué flores son, pero sí en que son de color naranja fuerte. Piensas en qué dirás de Manel. Dirás que lo ha hecho bien, que estén orgullosos y dirás que tu madre te daba pan con chocolate. Manel te mira y te dice que es metástasis y tú dirás gracias por venir y todo el mundo dirá gracias por venir, la hermana de Manel y los compañeros de trabajo de Manel y los hijos de Manel y dirás siempre se van los mejores y dirás siempre fue muy valiente y dirás lo dejó todo hecho, estaba muy entero, tranquilo hasta el final. No ves la carretera. Tienes ganas de llorar, estás llorando. Esos sitios son para eso, te dices en voz baja. No paras de llorar. Será un día muy largo, te dices. Habrá ceniza por todas partes, junto a las cáscaras de cacahuetes y las de las almendras. Muchas colillas. Pero eso será mañana. Has parado en la cuneta. Respiras hondo. Bien hecho, amigo, te dices. Te duele mucho la cabeza. No recuerdas dónde vas.

* Relato del libro Tejer a pluma, de varios autores. Y casi todos muy buenos 🙂

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    Fear ( Raymond Carver)

    Fear

    Fear of seeing a police car pull into the drive.
    Fear of falling asleep at night.
    Fear of not falling asleep.
    Fear of the past rising up.
    Fear of the present taking flight.
    Fear of the telephone that rings in the dead of night.
    Fear of electrical storms.
    Fear of the cleaning woman who has a spot on her cheek!
    Fear of dogs I’ve been told won’t bite.
    Fear of anxiety!
    Fear of having to identify the body of a dead friend.
    Fear of running out of money.
    Fear of having too much, though people will not believe this.
    Fear of psychological profiles.
    Fear of being late and fear of arriving before anyone else.
    Fear of my children’s handwriting on envelopes.
    Fear they’ll die before I do, and I’ll feel guilty.
    Fear of having to live with my mother in her old age, and mine.
    Fear of confusion.
    Fear this day will end on an unhappy note.
    Fear of waking up to find you gone.
    Fear of not loving and fear of not loving enough.
    Fear that what I love will prove lethal to those I love.
    Fear of death.
    Fear of living too long.
    Fear of death.

    I’ve said that.

                                                                     Raymond Carver
     

     

                      (( Use of this excerpt from All of Us may be made only for purposes of promoting the book, with no changes, editing, or additions whatsoever, and must be accompanied by the following copyright notice: Copyright © 1996 by Tess Gallagher. All rights reserved))

    Miedo

    Miedo de ver un coche de la policía detenerse a la puerta de casa.
    Miedo de quedarme dormido durante la noche.
    Miedo de no poder dormir.
    Miedo de que el pasado regrese.
    Miedo de que el presente vuele.
    Miedo de que suene el teléfono en lo más profundo de la noche.
    Miedo a las tormentas eléctricas.
    Miedo de la mujer de la limpieza que tiene una cicatriz en la mejilla.
    Miedo de los perros que me aseguran que no muerden.
    Miedo a la ansiedad!
    Miedo a tener que identificar el cadáver de un amigo muerto.
    Miedo a estar sin dinero.
    Miedo a tener mucho, aunque a la gente le cueste creerlo.
    Miedo a los perfiles psicológicos.
    Miedo a llegar tarde y de hacerlo antes que los demás.
    Miedo a reconocer la escritura de mis hijos en algún sobre.
    Miedo a que mueran antes que yo, y sentirme culpable.
    Miedo a tener que vivir con mi madre cuando seamos viejos, ella y yo.
    Miedo a la confusión.
    Miedo a que este día se acabe con una nota triste.
    Miedo a despertarme y que te hayas ido.
    Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado.
    Miedo a amar algo que sea letal para aquellos a quienes amo.
    Miedo a la muerte.
    Miedo a vivir demasiado.
    Miedo a la muerte.

    Eso ya lo he dicho.

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      Pla

      Un bloguero llamado Pla

      ‘El quadern gris’ del escritor catalán se convertirá en un ‘blog’ en su 90 aniversario

      DAVID CORRAL  –  Madrid

      ELPAIS.com – 03-03-2008 "No sé lo que es el amor. Me he enamorado de un paisaje, una ciudad… pero tratándose de los seres humanos tengo una idea bastante contraria", partiendo de esta premisa es fácil comprender que Pla describiese los paisajes como nadie, los amaba. Su narrativa directa, impregnada de realismo poético tenía el fin de ser inteligible, llegar a la gente más sencilla buscando el adjetivo preciso. El adjetivo es algo demasiado serio, adjetivar en exceso puede causar la misma sensación que que viene el lobo. Pla mantuvo esa búsqueda en más de 30.000 páginas que aportó a la literatura. Fue un 8 de marzo de hace 90 años cuando el periodista comenzó a escribir El quadern gris, un diario que reúne las condiciones necesarias para ser publicado en formato blog. De ahí que la Fundació Josep Pla para conmemorar el aniversario de la obra estrene el blog de El quadern gris. Una bitácora que respetará escrupulosamente las fechas de publicación de los post con las que Pla establece en su libro. Por lo que la duración del blog será del 8 de marzo, primera anotación de Pla, al 15 de noviembre, último día de la novela. El quadern gris, el diario que relata las vivencias de Pla en su último curso en la Universidad ha sido quizás su obra más emblemática, la que más calado ha tenido entre aquellas personas a las que iba dirigido, la gente más sencilla. El mérito de la obra es que Pla lo escribe haciendo examen de memoria, no es un diario que nace del día a día como cualquier diario al uso. El quadern gris nace de los recuerdos de Pla, de ahí la inexactitud de algunas fechas que menciona. Quizás como el mismo decía "lo más profundo que tiene el hombre es su superficie", de ahí que un dietario no necesite la retroalimentación diaria de uno mismo, la profundidad según el periodista nunca se alcanza.

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        La balada de amor de J. Alfred Prufrock
        Estoy cansada y de bajón. Debe ser el cambio climático. Mientras espero que llueva de verdad y me recupero de una semigripe, rescato mi poema de amor favorito y pienso que es triste, muy triste. Y que olvidé mencionarlo en mi visita a Alcántara como mi poema de amor favorito.  La versión en castellano la he tomado prestada de este estupendo sitio lleno de poemas en inglés. ( Gracias).
         
         
         
        The love song of J. Alfred Prufrock
        T. S.Eliot (Gran Bretaña, 1888-1965)

                          S’io credesse che mia risposta fosse
                          A persona che mai tornasse al mondo,
                          Questa fiamma staria senza piu scosse.
                          Ma perciocche giammai di questo fondo
                          Non torno vivo alcun, s’i’odo il vero,
                          Senza tema d’infamia ti rispondo.

                                                             (La Divina Comedia)

        Let us go then, you and I,
        When the evening is spread out against the sky
        Like a patient etherised upon a table;
        Let us go, through certain half-deserted streets,
        The muttering retreats
        Of restless nights in one-night cheap hotels
        And sawdust restaurants with oyster-shells:
        Streets that follow like a tedious argument
        Of insidious intent
        To lead you to an overwhelming question…
        Oh, do not ask, "What is it?"
        Let us go and make our visit.

        In the room the women come and go
        Talking of Michelangelo.

        The yellow fog that rubs its back upon the window-panes,
        The yellow smoke that rubs its muzzle on the window-panes
        Licked its tongue into the corners of the evening,
        Lingered upon the pools that stand in drains,
        Let fall upon its back the soot that falls from chimneys,
        Slipped by the terrace, made a sudden leap,
        And seeing that it was a soft October night,
        Curled once about the house, and fell asleep.

        And indeed there will be time
        For the yellow smoke that slides along the street,
        Rubbing its back upon the window-panes;
        There will be time, there will be time
        To prepare a face to meet the faces that you meet;
        There will be time to murder and create,
        And time for all the works and days of hands
        That lift and drop a question on your plate;
        Time for you and time for me,
        And time yet for a hundred indecisions,
        And for a hundred visions and revisions,
        Before the taking of a toast and tea.

        In the room the women come and go
        Talking of Michelangelo.

        And indeed there will be time
        To wonder, "Do I dare?" and, "Do I dare?"
        Time to turn back and descend the stair,
        With a bald spot in the middle of my hair—
        [They will say: "How his hair is growing thin!"] My morning coat, my collar mounting firmly to the chin,
        My necktie rich and modest, but asserted by a simple pin—
        [They will say: "But how his arms and legs are thin!"] Do I dare
        Disturb the universe?
        In a minute there is time
        For decisions and revisions which a minute will reverse.

        For I have known them all already, known them all:—
        Have known the evenings, mornings, afternoons,
        I have measured out my life with coffee spoons;
        I know the voices dying with a dying fall
        Beneath the music from a farther room.
        So how should I presume?

        And I have known the eyes already, known them all—
        The eyes that fix you in a formulated phrase,
        And when I am formulated, sprawling on a pin,
        When I am pinned and wriggling on the wall,
        Then how should I begin
        To spit out all the butt-ends of my days and ways?
        And how should I presume?

        And I have known the arms already, known them all—
        Arms that are braceleted and white and bare
        [But in the lamplight, downed with light brown hair!] It is perfume from a dress
        That makes me so digress?
        Arms that lie along a table, or wrap about a shawl.
        And should I then presume?
        And how should I begin?

        Shall I say, I have gone at dusk through narrow streets
        And watched the smoke that rises from the pipes
        Of lonely men in shirt-sleeves, leaning out of windows?…

        I should have been a pair of ragged claws
        Scuttling across the floors of silent seas.

        And the afternoon, the evening, sleeps so peacefully!
        Smoothed by long fingers,
        Asleep … tired … or it malingers,
        Stretched on the floor, here beside you and me.
        Should I, after tea and cakes and ices,
        Have the strength to force the moment to its crisis?
        But though I have wept and fasted, wept and prayed,
        Though I have seen my head [grown slightly bald] brought in upon a platter,
        I am no prophet—and here’s no great matter;
        I have seen the moment of my greatness flicker,
        And I have seen the eternal Footman hold my coat, and snicker,
        And in short, I was afraid.

        And would it have been worth it, after all,
        After the cups, the marmalade, the tea,
        Among the porcelain, among some talk of you and me,
        Would it have been worth while,
        To have bitten off the matter with a smile,
        To have squeezed the universe into a ball
        To roll it toward some overwhelming question,
        To say: "I am Lazarus, come from the dead,
        Come back to tell you all, I shall tell you all"
        If one, settling a pillow by her head,
        Should say: "That is not what I meant at all.
        That is not it, at all."

        And would it have been worth it, after all,
        Would it have been worth while,
        After the sunsets and the dooryards and the sprinkled streets,
        After the novels, after the teacups, after the skirts that trail along the floor
        And this, and so much more?
        It is impossible to say just what I mean!
        But as if a magic lantern threw the nerves in patterns on a screen:
        Would it have been worth while
        If one, settling a pillow or throwing off a shawl,
        And turning toward the window, should say:
        "That is not it at all,
        That is not what I meant, at all."

        No! I am not Prince Hamlet, nor was meant to be;
        Am an attendant lord, one that will do
        To swell a progress, start a scene or two,
        Advise the prince; no doubt, an easy tool,
        Deferential, glad to be of use,
        Politic, cautious, and meticulous;
        Full of high sentence, but a bit obtuse;
        At times, indeed, almost ridiculous
        Almost, at times, the Fool.

        I grow old … I grow old…
        I shall wear the bottoms of my trousers rolled.

        Shall I part my hair behind? Do I dare to eat a peach?
        I shall wear white flannel trousers, and walk upon the beach.
        I have heard the mermaids singing, each to each.

        I do not think that they will sing to me.

        I have seen them riding seaward on the waves
        Combing the white hair of the waves blown back
        When the wind blows the water white and black.

        We have lingered in the chambers of the sea
        By sea-girls wreathed with seaweed red and brown
        Till human voices wake us, and we drown.

         
        La canción de amor de J. Alfred Prufrock
                                          ( Traductor: Luis Zalamea)
         

        Vamos, tú y yo,
        a la hora en que la tarde se extiende sobre el cielo
        cual un paciente adormecido sobre la mesa por el éter:
        vamos a través de ciertas calles semisolitarias,
        refugios bulliciosos
        de noches de desvelo en hoteluchos para pernoctar
        y de mesones con el piso cubierto de aserrín y conchas de ostra,
        calles que acechan cual debate tedioso
        de intención insidiosa
        que desemboca en un interrogante abrumador…
        Ay, no preguntes: «¿De qué me hablas?»
        Vamos más bien a realizar nuestra visita.

        En el salón las señoras están deambulando
        y de Miguel Ángel están hablando.

        La neblina amarilla que se rasca la espalda sobre las ventanas,
        el humo amarillo que frota el hocico sobre las ventanas,
        lamió con su lengua las esquinas del ocaso,
        se deslizó por la terraza, pegó un salto repentino,
        y viendo que era una tarde lánguida de octubre,
        dio una vuelta a la casa y se acostó a dormir.

        Ya habrá tiempo. Ya lo habrá.
        Para el humo amarillo que se arrastra por las calles
        rascándose sobre las ventanas.
        Ya habrá tiempo. Ya lo habrá.
        Para preparar un rostro que afronte los rostros que enfrentamos.
        Ya habrá tiempo para matar, para crear,
        y tiempo para todas las obras y los días de nuestras manos
        que elevan las preguntas y las dejan caer sobre tu plato;
        tiempo para ti y tiempo para mí,
        tiempo bastante aun para mil indecisiones,
        y para mil visiones y otras tantas revisiones,
        antes de la hora de compartir el pan tostado y el té.

        En el salón las señoras están deambulando
        y de Miguel Ángel están hablando.

        Ya habrá tiempo. Ya lo habrá.
        Para preguntarnos: ¿Me atreveré yo acaso? ¿Me atreveré?
        Tiempo para dar la vuelta y bajar por la escalera
        con una coronilla calva en medio de mi cabellera.
        Ellos dirán: «¡Ay, cómo el pelo se le está cayendo!»
        Mi sacoleva, el cuello que apoya firmemente mi barbilla,
        mi corbata, opulenta aunque modesta y bien asegurada
        por un sencillo prendedor.

        Ellos dirán: «¡Ay, cuán flacos tiene los brazos y las piernas!
        ¿Me aventuro yo acaso a perturbar el universo?
        En un minuto hay tiempo suficiente
        para decisiones y revisiones que un minuto rectifica.

        Pues ya los he conocido, conocido a todos:
        conocido las tardes, las mañanas, los ocasos;
        he medido mi vida con cucharitas de café,
        conozco aquellas voces que fallecen en un salto mortal
        bajo la música que llega desde el rincón lejano del salón
        Entonces, ¿cómo he de presumir?

        Pues he conocido ya los ojos, conocido a todos,
        los ojos que nos sellan en una mirada formulada
        estando yo ya formulado, en un alfiler esparrancado;
        bien clavado retorciéndome sobre la pared.
        ¿Cómo comenzar entonces
        a escupir las colillas de mis costumbres y mis días?
        Entonces, ¿cómo he de presumir?
        Pues he conocido ya los brazos, conocido a todos,
        brazos de pulseras adornados, níveos y desnudos
        (mas al fulgor de la lámpara cubiertos de leve vello de oro).

        ¿Será el perfume de un vestido
        lo que me hace divagar así?
        Brazos sobre una mesa reclinados o envueltos en los
        pliegues de un mantón.

        Entonces ¿habré de presumir?
        ¿Y cómo he de comenzar acaso?

        Diré tal vez: he paseado por callejuelas al ocaso
        y he visto el humo que sube de las pipas
        de hombres solitarios en mangas de camisa, sobre las
        ventanas reclinados.

        Hubiera preferido ser un par de recias tenazas
        que corren en el silencio de oceánicas terrazas.
        ¡Y la tarde, la incipiente noche, duerme sosegadamente!
        Acariciada por unos dedos largos,
        dormida, exhausta… o haciéndose la enferma
        sobre el suelo extendida, junto a ti, junto a mí.
        ¿Tendré fuerza bastante después del té y los helados y las tortas,
        para forzar la culminación de nuestro instante?
        Aunque he gemido y he ayunado, he gemido y he rezado,
        aunque he visto mi cabeza (algo ya calva) portada en una
        fuente,
        yo no soy un profeta -y ello en realidad no importa
        demasiado-
        he visto mi grandeza titubear en un instante,
        he presenciado al Lacayo Eterno, con mi abrigo en sus
        manos, reírse con desprecio,
        y al fin de cuentas, sentí miedo.

        Hubiera valido la pena, al fin de cuentas,
        después de las tazas, la mermelada, el té,
        entre las porcelanas, en medio de nuestra charla baladí,
        hubiera valido la pena
        morder con sonrisas la materia,
        enrollar en una bola al universo
        para arrojarla hacia algún interrogante abrumador.
        Poder decir: «Soy Lázaro que regresa de la muerte
        para os revelarlo todo, y así lo voy a hacer»…
        Y si al poner en una almohada la cabeza, una dijera:
        «No. No fue esto lo que quise decir.
        No lo fue. De ninguna manera».

        Hubiera valido la pena, al fin de cuentas,
        sí hubiera valido la pena,
        después de los ocasos, las zaguanes, las callejuelas
        salpicadas,
        después de las novelas, de las tazas de té y de las faldas
        por los pisos arrastradas.
        ¿Después de todo esto y algo más?
        Me es imposible decir justamente lo que siento.
        Mas cual linterna mágica que proyecta diseños de nervios
        sobre la pantalla,
        hubiera valido la pena, si al colocar un almohadón o
        arrancar una bufanda,
        volviendo la mirada a la ventana, una hubiese confesado:
        «No. No fue esto lo que quise decir.
        No lo fue. De ninguna manera».

        No. No soy el príncipe Hamlet. Ni he debido serlo;
        más bien uno de sus cortesanos acudientes, alguien capaz
        de integrar un cortejo, dar comienzo a un par de escenas,
        asesorar al príncipe; en síntesis, fácil instrumento,
        deferente, presto siempre a servir,
        político, cauto y asaz meticuloso.
        A veces, en realidad, casi ridículo.
        A veces tonto de capirote.

        Me vence la vejez. Me vence la vejez.
        Luciré el pantalón con la manga al revés.

        ¿Me peinaré hacia atrás? ¿Me arriesgo a comer melocotones?
        Me pondré pantalones de franela blanca
        y me iré a pasear a lo largo de la playa.

        He oído allí cómo entre ellas se cantan las sirenas.
        Mas no creo que me vayan a cantar a mí.
        Las he visto nadando mar adentro sobre las crestas de la marejada,
        peinando las cabelleras níveas que va formando el oleaje
        cuando de blanco y negro el viento encrespa el océano.
        Nos hemos demorado demasiado en las cámaras del mar,
        junto a ondinas adornadas con algaseojas y castañas,
        hasta que voces humanas nos despiertan, y perecemos ahogados.

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          Qantara al Saif (Serafín Portillo)
          El ciervo entra en la charca. Se detiene.
          Bebe la lluvia en que voló la garza.
           
          Levanta la testuz, huele en la brisa
          el oscuro metal en las manos del hombre.
           
          Más allá de la línea de encinas y carrascas
          un silencio se ha hundido en las frondas, secreto.
           
          No se mueve una nube. Y los pájaros callan.
          Sólo una mosca terca zumba en torno al hocico.
           
                                              De La misma sombra,
                                                 un poemario de Serafín Portillo.
           
           
          ( Tremenda experiencia en Alcántara y Brozas.
          En cuanto me recupere, os contaré).
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