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Especial Manuel García: Harmony Lane

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Especial Manuel García: Harmony Lane

Suenan en el programa de hoy

La voz del trueno

Venga la vida

Sobre los campos

El arado ( con Guillamino)

El rancho

Maniquí

Diamantes

Camino a casa

Harmony Lane es un disco de canciones que cuentan historias de pueblo. Una galería de personajes universales que encontramos en las casas, las calles, las montañas, los bosques de algún lugar, en diferentes latitudes. Es un disco habitado por hombres “a caballo”; por jóvenes que sueñan con una vida distinta. Por viudas atractivas de las que se enamoran los muchachos, o pastores de iglesia con pinta de rockeros, de los que se enamoran las muchachas. Hombres y mujeres de rancho con olor a campo, sudor de sol y elegancia de luna. Un ‘Cofralandes’ en el que no falta algún viejo maniquí en un escaparate cubierto de polvo por el paso del tiempo o en el que una barca sencilla se transforma en una nave fantástica, gracias al filtro que le otorga una cultura. Un imaginario en el que el misterio puede emanar del gesto sencillo de una mujer que alumbra, con un farolito en medio del bosque, un sendero de armonía.”
Manuel García
 

 

 

Manuel García. La voz del trueno.

    La primavera pasada (mi otoño español) tuve la oportunidad de preguntar a Manuel García por el disco en el que estaba trabajando. Es el mismo disco que acabo de escuchar completo, varias veces seguidas. En algunas canciones, he de confesar haberle dado al play tres o cuatro veces, casi de forma compulsiva. Harmony Lane.

    Ya entonces me habló de las largas jornadas de grabación con entusiasmo. Del coproductor del disco, Craig Thatcher, un consumado guitarrista capaz de apreciar, hasta hacer suya, la clave que iba a marcar a fuego los surcos del nuevo álbum del chileno, transmutado en una suerte de vaquero fronterizo divirtiéndose como un adolescente en esos paisajes semidesérticos plagados de calaveras danzantes, en cruces de caminos donde las plantas rodantes atraviesan las solitarias carreteras.

    Él mismo me describió el sonido que estaban logrando haciendo referencia a “la épica de la tradición, desde Elvis a Elizabeth Cotten”. Y me habló de Bethlehem, Pennsylvannia y de las hermosas coincidencias con un público que, a pesar de no conocer el idioma, parecía seducido por las melodías hipnóticas con las que tanto él como Craig, la cantante Jo Lawry y el resto de los músicos, soltaron garganta, dedos y pies más allá del estudio, en aquellas semanas en Estados Unidos y México. “Creo que está quedando- me escribió – como lo que alguna vez, siendo niño, imaginé que llegaría a hacer, un disco como los de Buddy Miles”.

    Poco más de un año después, García ya no es solo el músico al frente del Víctor Jara Sinfónico defendido en La Mar de Músicas, en la bellísima sala principal bajo el nivel del mar de El Batel, el imponente Auditorio de la Cartagena de Asdrúbal y Escipión. Para mi es, además, el riguroso actualizador de los repertorios clásicos españoles y las tradiciones guitarrísticas más eminentes, de Falla a Yupanqui. El inteligente catalizador de la obra de Paco de Lucía o Camarón de la Isla. El convencido divulgador de los universos poéticos y pictóricos de Lorca y Violeta Parra. Además, Manuel García es un artista incapaz de tolerar las injusticias cotidianas. Alguien que tan pronto propone unirse al plebiscito para que la constitución de su país represente a todo los chilenos, como se atreve con el euskera de Kepa Junquera, abraza el catalán de Pere Quart, hace suya la palabra protesta de Neruda, se hermana con Elicura Chiuailaf en mapudungun, pone música a un héroe de la independencia en un montaje histórico o defiende la supervivencia de los humedales de Mantagua. Un músico capaz de ponerse a prueba a sí mismo, celebrando los diez primeros años de Pánico en todos los formatos posibles: con banda, sin ella, o solo con la guitarra en escenarios pequeños y no tan pequeños del norte y del sur, desde su Arica natal a la Patagonia. Y tras escuchar este Harmony Lane conjurado en ese mismo sendero de la armonía, podría afirmar que el Manuel García de aquel Pánico jubiloso, el más desafiante de Témpera, el más apaciguado y contemplativo de S/T, el más contemporizador de Acuario y el más sabio de Retrato iluminado, cristalizan en un manugarpez tan profundamente sólido como vehementemente auténtico; tan consciente de la profundidad de sus fundamentos, como libre y audaz para asumir nuevos caminos sonoros.

    Vuelve a ser otoño en España y está a punto de publicar Harmony Lane. Y me doy cuenta de que el Manuel García inquieto al que sus seguidores han aplaudido y premiado con su presencia en conciertos cada vez más multitudinarios, ha dejado muy atrás no ya al Manuel García arrebatado de Mecánica Popular, sino también, a todos los demás Manueles de los que Chile ha sido testigo.

    En Harmony Lane, García se transforma en personajes de su propia fabulación (Un hombre, un caballo, una guitarra; El predicador) y al acompañarle en este viaje nos acercamos, espectadores de excepción, a cada una de estas almas, intuyendo a veces el lado oscuro de los sueños (Extraño animal o La voz del trueno); trascendiendo el espejismo afable y orgulloso de lo rural (El rancho, Sobre los campos); ironizando con los estereotipos (Se afeita el diablo) y abordando con un halo de romanticismo letras capaces de desencadenar una ternura casi carnal (Diamantes y Camino a casa). Y en este paseo por la vida y la muerte, Manuel García nos desafía mirándonos a los ojos y se mide- y nos mide- y nos enfrenta a ambas en canciones como Romance Trajinera y Venga la vida.

    Recuerdo que a la vuelta de aquel viaje me habló del de Ulises: “Pero en este caso- añadió- las voces del mar misterioso son bienvenidas”. Voces que se mezclan con la suya, la del cantante preciso a la búsqueda de la palabra exacta para expresar una emoción en la que se percibe el color de sus pinceles, el poso de la madera trabajada, el salitre y las algas, tanto como el frío húmedo de las noches del norte y sus estrellas infinitas y un eco de aquellas sombras platónicas que se proyectan en el corazón. En Harmony Lane están Sócrates y Ulises, Leonard Cohen y la Viola Parra. Y la tierra que tiembla. Y esa línea infinita, geometría sonora, convierte en lirismo las fronteras que ligan a Chile con el resto del universo.

 

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