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La dolce vita – Viaje al centro de la noche

Viajamos por la Dolce Vita, perfectamente acicalados, vestidos en blanco y negro, manos en los bolsillos, saliendo de un paseo bajo Los Pinos de Roma en Villa Borghese, atraídos por el aroma del café recién hecho en los históricos café y las terrazas de Via Veneto  Silbamos, a lo Celentano, dejando caer el flequillo sobre los ojos, como quien vive en eterna primavera. Y nuestros pasos nos conducen, casi sin darnos cuenta, a la Fontana di Trevi, esa fuente que ocupa toda la plaza y que a su vez, está ocupada (en la memoria de todos) por la exuberancia de Anita Ekberg, aquella actriz sueca que Fellini consiguió instalar para siempre en nuestra memoria. Aquella icónica Sylvia, simboliza un hedonismo que ahora se antoja decadente y que evoca ese lujo que presume de marcas de acceso imposible  en los escaparates de las calles caras no ya de Roma, sino de muchas otras capitales del mundo. Una barrera invisible que se aprecia en las conversaciones de esos cafés, de los restaurantes, de locales que ya no necesitan matones en las puertas impidiendo el paso a quienes escogieron mal el color de sus calcetines.  A esa dolce vita no se llega cogiendo el metro ni el autobús, menos aún en la Vespa de Audrey y Gregory . Se queda uno en casa, viéndola en la tele, ese otro escaparate en el que el mundo se desmorona en connivencia con los medios de comunicación, que reproducen a gritos sufrimientos, vejaciones, accidentes, juicios, desacatos, bombardeos o virus que se extienden sin remisión, dependiendo de la hora del día o de la noche y del color del dinero que avale cada canal.

Apagar la tele se convierte en una manera rápida, quizá la única,  de acabar con ese pánico contagioso, inevitable, que nos obliga a poner nombre a enfermedades que no tenemos y a tomar pastillas que sólo benefician a la industria que las inventa. Apagar la tele: apagar el miedo, salir a la calle, como diría Labordeta, aunque haya que sacar el paraguas para que la lluvia de desmanes no nos pille desprevenidos.  Salir a la calle, que nos de el viento en la cara, el olor de las hojas mojadas, ventolina que barra el poder de los sueños que nos han infiltrado en el cerebro y que nos haga recordar que lo único verdaderamente dulce de la vida es la risa espontánea, la mano cariñosa en el hombro, la mirada franca de la disculpa sincera y las ganas de caminar juntos por las calles, manos en los bolsillos, por plazas recoletas en las que aparecen otros iconos, las mujeres y los hombres más bellos del mundo: los que eligen su propio destino, el verdadero viaje.

Sweet old country, Oquestrada (AtlanticBeat Mad’in Portugal, JARO)

Tuca Tuca, Pink Martini ( A retrospective, Heinz)

De Viaje al centro de la noche, un programa dirigido por Amaya P. Barriuso en RNE que se puede escuchar aquí

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