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Óxido

Óxido, el excelente debut literario de Lara López, cuenta el final de una historia de amor.
Las fotografías se amontonan sobre la mesa. Una mujer quiere saber por qué las cosas no han salido bien y para ello ordena sus fotografías, soldando momentos íntimos aparentemente intrascendentes.
Mientras se reposta en una gasolinera, una breve conversación sobre el amor, de repente caducado, puede hacer que todo un año se oxide.
Lugares tan distantes como Daimuz, San Francisco o Barcelona aparecen en las fotografías de Óxido, un puzzle donde las piezas, láminas de aromas que estallan en la boca, acaban encajando, soldadas unas a otras, y brillan como el metal.

Editorial Xordica

Dicen de Óxido

‘ÓXIDO’ DE LARA LÓPEZ: FRAGMENTOS : Antón Castro

Una de las reediciones recientes de Xordica ha sido ‘Óxido’ de Lara López. Esa mujer de las mil músicas. Es un libro muy especial: un libro de cápsulas de casi todo –amor, recuerdos, deseos, aforismos, sueños, objetos, lo inefable, lo que no se acierta a decir-, un libro crónica, un libro diario, una novela corta, hecha de suspiros; uno de esos libros en los que entras y sales con idéntica porción de desazón y fascinación: con una herida luminosa. A petición mía, Lara López me envía algunos fragmentos de este ‘Óxido’: óxido de la vida, de la convivencia, óxido de la memoria, óxido contra el óxido. Óxido para que las relaciones humanas no se oxiden nunca.

ÓXIDO

Por Lara López. Xordica, 2011.

Abro y cierro las tijeras, muy deprisa, como si estuviera a punto de tomar una decisión. Estoy muy cansada. Tengo las tijeras en la mano y oigo subir gritando a los niños de los vecinos. Limpio con una esquina de mi camiseta las tijeras oxidadas. Es como si dijeran mi nombre al abrirlas y cerrarlas. Los vecinos tienen dos niños. Antes eran tres, según me han contado. Me fijo en que se han secado los brotes de los rosales. Ha sido un mal año. Oxidado, supongo.

Las fotografías se amontonan sobre la mesa. En una sale el guía de Mopti. Es cojo. Eso en la foto no se ve. Me contaba que su sueño era llegar a conocer los países cuyas lenguas hablaba. España, Inglaterra, Francia. Cuando él pronuncia España, Inglaterra y Francia, yo pienso en los países que nombra. Y le digo que tenga paciencia, aunque pienso, como él, que nunca se cumplirá su sueño.

Cierro el balcón. La casa se ha quedado helada. Lo malo, supongo, es que muchas veces me he pillado llorando.

Entre las fotos también está Hashi. Tenía once años cuando se fue a estudiar a Cuba. Me ofrece un té y se queda un buen rato en silencio, mientras me lo bebo despacio. Estoy a punto de morir asfixiada dentro de la jaima, pero afuera es peor. Dice que es la primera vez que viene en todo este tiempo. Siete años. Dice que su familia le ha encontrado muy distinto. Mayor.

Releo el e mail que C. me mandó hace unos días. Creo que se siente responsable de lo que no hago. Me dice: si tú no lo haces, no podré seguir ayudándote. Lo dice en inglés: I can´t go on having an eye on you.

La foto de L. es la que más llama la atención. Una sonrisa grande en una cara pequeña. Una de esas sonrisas que enganchan. Después de su sonrisa, vienen sus ojos. Unos ojos que parecen reírse de la cara pequeña y de la boca grande. Unos ojos desafiantes y listos que en los peores momentos, también saben mirar. L. tiene una sonrisa grande en la que pasan cosas.

C. está metido en tu cama. Cuando se quitó los calzoncillos viste que eran de marca. No paraba de sonreír como si estuviera de fiesta. Restregaste tus mejillas contra su barba. Se ha metido en tu cama como si fuera suya. No sabes si eso te gusta.

Leo el periódico de hace tres días. Me aprendo de memoria el titular de la página trece. El de arriba, a la izquierda. Y voy al espejo del baño para saber qué mirada tienen las mujeres que luchan en su propio infierno. Al mirarme, recuerdo a la niña rubia que hablaba con su madre, en la cocina de aquel restaurante tranquilo en Daimuz. Pienso en que debería inventarme un sitio al que pertenecer y en que Daimuz siempre me supo a vino con burbujas. Me sigo mirando en el espejo del baño. Pienso que Daimuz me supo a auténtico verano.

Leo Manual de cicatrización de heridas crónicas. Es un proyecto académico. Le han dado un premio.

Me cuenta R. que si naces en Israel tienes que formar parte de su ejército. Y una vez que has formado parte de su ejército, aunque ya no vivas en Israel, tienes que volver allí, a su ejército, un mes de tu vida, cada año, hasta que cumples cincuenta. Un mes al año, cada año. Hasta que cumples cincuenta.

Miro la hora en el reloj de la cocina, colgado en la pared de enfrente. Un buen reloj dijo el de la tienda, entre golpe y golpe, subido a la encimera amarilla. Ahora está un poco abollado. También dijo que era suizo. Fue de lo primero que compré para la casa nueva.

L. me dijo que le gustaría escribir una historia de amor. El olor de sus cigarrillos quemados se mezclaba con el perfume de su pelo. Sonaba algo brasileño. Alguien se rió diciendo que las historias de amor no se contaban. Y yo estuve de acuerdo.

Asegurarse el futuro. Me ha parecido leer la misma frase en dos anuncios distintos. Repaso con cuidado las hojas, una a una, al revés. Asegurarse el futuro. Me cuesta pensar que he debido imaginarlo.

Soñé que los dientes se me llenaban de pelos que no podía escupir. Luego volví a dormirme. D. me habla de las islas de coral que hay en Egipto. Y luego me pregunta si me voy a quedar todo el día en el agua. Me gusta verle. Hace mucho que no le veo. Miro mis manos y están arrugadas. Cuando voy a contestarle, me despierto.

Hay una foto de mi padre con el suyo. Si miro sus manos no las veo negras. Mi padre siempre tenía las manos negras. Las uñas y la cara cubiertas de una mezcla de sudor y grasa y la ropa eternamente salpicada por las quemaduras que se hacía al soldar. Cuando alguien está soldando no se debe mirar al centro, porque hace daño a los ojos. Lo dice ocultando su cara negra detrás de una enorme careta. Con una mano sujeta la enorme careta y con la otra acerca el fuego a la silla que está soldando.

*Todas las fotos son de Loomis Dean.

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