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Ciclogénesis explosiva. De Tejer a pluma (Varios autores)

Ciclogénesis explosiva

A Félix Romeo

A Nacho Sáenz de Tejada

 

Abres los ojos. Las luces de los coches que vienen de frente parecen tocar violentamente una parte de tu cerebro. Sostienes el volante con la mano izquierda y con la libre te presionas la sien con la esperanza de calmar un dolor agudo, como el que da cuando se bebe algo muy frío. Un dolor que empieza en el lacrimal y que hace que durante una fracción de segundo olvides completamente qué es lo siguiente que tienes que hacer. Pensar, amigo, te dices. Frunces el ceño e intentas concentrarte, pensar, pero es difícil hacerlo con el ruido de las luces en tu cabeza y el sonido de los limpiaparabrisas y la voz de la radio que habla y habla del frío siberiano que hace esa noche y de ventisca y de lluvia en la zona norte. Piensas en Manel. Te habría gustado haberle podido preguntar si duele morirse. Sujetas el volante con las dos manos e intentas enderezarte un poco más en el asiento. La lluvia sigue golpeando con fuerza el parabrisas y llega racheada a los cristales laterales, por los que apenas vislumbras las líneas blancas que se desdibujan en la carretera, de la que has estado a punto de salirte. Sabes que tienes que concentrarte. Piensas en tu madre. En las manos de tu madre. Ya debe de hacer diez años que se murió. Sabes que necesitas parar el coche y tomar algo que te quite ese dolor de cabeza. Se te cierran los ojos. Notas que se te cierran los ojos, pero no consigues atisbar la salida que estabas seguro de que tiene que estar ya por allí. Cierras los ojos un segundo. Un segundo en el que sientes el sol de frente, sobre los párpados, un sol que hace que todo tu mundo parezca de color naranja oscuro. Un segundo en el que intentas recordar cuál fue el último entierro al que asististe. Piensas en tu madre. Y piensas en cuando te miraba enfadada y luego se reía sin parar. Piensas en sus ojos. Tenía un ojo más grande que otro. Piensas que si te quedas quieto más de dos minutos seguidos, merendarás pan con chocolate. Y piensas en tu amigo Manel. Le recuerdas ante ti, sonriente. Sudoroso. Feliz. Cenaste con él hace un par de meses. Te contó que tenía una novia nueva. Pero eso fue antes de que él supiera lo de su enfermedad y antes de que tú supieras que su novia le había dejado. Piensas en tu madre y en que siempre te dice que cuando tienes novia estás muy raro. Que no quiere que tengas más novias. Dice que dejas de llamarla. Y recuerdas que hiciste eso, dejaste de llamarla. Llevas diez años sin llamar a tu madre. Y vuelves a recordar que tu madre está muerta. Y te acuerdas de sus ojos. Cómo te miraba. Y recuerdas el pan con chocolate. Te gusta cómo huele. Te gusta comerlo en la entrada de la casa, sentado en el poyete, donde, al acabar, tienes que meter las manos bajo la parte de los muslos que no tapa el pantalón, porque tienes las piernas heladas. Los ojos se te vuelven a cerrar. Recuerdas el ruido que hacía tu madre al levantar las sillas de la cocina para barrer. Oyes también el sonido del limpiaparabrisas, que se confunde con el recuerdo de la respiración de tu madre y el recuerdo de Manel contándote que está muy grave. Y recuerdas a tu madre cerrando las contraventanas de la despensa y abriendo los cajones del armario de puertas verdes. Moviendo el tarro del azúcar, las bolsas del pan, el bote de café y la leche en la ventana del cuartucho que sirve de fresquera. Sabes que esta noche habrá ventisca, como la noche que murió y te parece que hubiera alguien más hablando con tu madre, aunque esté muerta. Hace años que no la escuchabas hablar así, como si se riera, mientras te llega un aroma que te recuerda al del árbol del paraíso y al del falso jazmín, un olor que hace que te duela mucho la cabeza, un dolor agudo, como cuando se muere alguien, un dolor que te hace no querer volver a abrir los ojos nunca más. La mujer de la radio habla ahora de la ciclogénesis explosiva. Y recuerdas a Manel diciendo que nunca sabes cómo va a cambiarte la vida y piensas que lo dice como si estuviera hablando solo. Y te parece verlo frente a ti. Le chorrea la frente, tiene la frente naranja y está mirándote muy serio, te lo imaginas con la cara brillante, sobre todo la zona del bigote. Tienes ganas de vomitar. Y te das cuenta de que estás en la carretera y de que la lluvia pega con mucha fuerza sobre el parabrisas y piensas bajar la ventanilla y coger un poco de granizo para la frente que te arde. Tu madre te toca la frente. Te da un beso en la frente. Tu madre te ama. Tú amas a mamá. Y te recuerdas acercándote al fondo de la pequeña habitación, que se abre a la izquierda para dar al ventanal que te separa del féretro. Ves que está cerrado y también ves que hay una fotografía de tu madre pegada en el cristal, abajo, en medio, como superpuesta sobre el féretro. Una foto que se te antoja demasiado pequeña para tanto féretro. Te ves sentado frente al cristal, delante de una planta grande, una Kentia demasiado grande para esa esquina apretada. Recibes con una sonrisa infinitamente triste los saludos de la gente. Una gran mujer, te dicen y estrechas manos calientes entre las tuyas extremadamente pálidas y suaves y frías, demasiado frías para la temperatura de la sala abarrotada. También piensas que la Kentia aguanta bien el calor. Frente a ti, el féretro, de un caoba claro, veteado, bajo un par de ramos de flores también muy grandes. No te fijas demasiado en qué flores son, pero sí en que son de color naranja fuerte. Piensas en qué dirás de Manel. Dirás que lo ha hecho bien, que estén orgullosos y dirás que tu madre te daba pan con chocolate. Manel te mira y te dice que es metástasis y tú dirás gracias por venir y todo el mundo dirá gracias por venir, la hermana de Manel y los compañeros de trabajo de Manel y los hijos de Manel y dirás siempre se van los mejores y dirás siempre fue muy valiente y dirás lo dejó todo hecho, estaba muy entero, tranquilo hasta el final. No ves la carretera. Tienes ganas de llorar, estás llorando. Esos sitios son para eso, te dices en voz baja. No paras de llorar. Será un día muy largo, te dices. Habrá ceniza por todas partes, junto a las cáscaras de cacahuetes y las de las almendras. Muchas colillas. Pero eso será mañana. Has parado en la cuneta. Respiras hondo. Bien hecho, amigo, te dices. Te duele mucho la cabeza. No recuerdas dónde vas.

* Relato del libro Tejer a pluma, de varios autores. Y casi todos muy buenos 🙂

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