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Encuentros Literarios De viva voz 2008 (Alcántara)

 

 

Me han invitado a los Encuentros Literarios de Viva Voz.
Esta es mi agenda de mañana
 
En el Centro de Enseñanza, con actividades con alumnado de entre 16 y 17 años o más.
  • Lectura (incluida dentro de las curriculares del curso) de una novela, conjunto de relatos o de poemas (según el caso). Esta lectura, lógicamente, se hace desde el asesoramiento y guía del profesorado.
  • Entrevista al autor por parte del grupo de trabajo periodístico del alumnado: será grabada y transcrita para su publicación en la Web.
  • Grabación de la voz del autor leyendo algún fragmento de su obra con vistas al archivo de voz de los Encuentros y a su publicación en la Web. http://iesspdealcantara.juntaextremadura.net/vivavoz/
  • Reunión-coloquio con todos los alumnos de Bachillerato (grupo extenso, en torno a unos cincuenta o sesenta alumnos). En este encuentro el autor se dirigirá al grupo para explicarles cualquier extremo acerca de su obra, trayectoria o aspecto relevante de la misma que crea conveniente. Siempre teniendo presente, claro, la obra leída. A continuación se iniciará un turno de preguntas que posibilite un diálogo abierto autor-alumnos.
 
En el C.P.R. de Brozas,  con el grupo de lectores Francisco de Aldana constituido por docentes de los distintos centros de enseñanza de la comarca de Alcántara pertenecientes a cualquier departamento o área del conocimiento (no es una actividad exclusivamente literaria o filológica, sino de formación cultural del profesorado a través de la lectura y la reflexión).
 
  • Coloquio o tertulia. Se trata principalmente de una exposición inicial del autor acerca de su obra y todos aquellos aspectos biobibliográficos que crea pertinentes, para dar paso de forma espontánea (en el mismo momento en que surja) a un coloquio abierto, libre, en el que sea la propia curiosidad de los lectores la principal guía del mismo
  • Para localizar esta actividad en un marco lo más propicio posible, hemos elegido un enclave que, creemos, facilita la comunicación y el diálogo por su emplazamiento inmejorable en la campiña broceña así como por su belleza arquitectónica, un antiguo convento franciscano enteramente restaurado.
 
 
Se trata además de una actividad que, partiendo del campo literario, no se ciñe meramente a él, sino que trata de convertirse en una actuación interdisciplinar: participan todos los alumnos de bachillerato (tanto de áreas científicas como humanísticas), así como docentes de distintas áreas (su rasgo común es el de ser lectores, no filólogos -sin menoscabo de esto último).
Finalmente, permítame subrayar el hecho de que no se trata de exponer al autor a la mera curiosidad del alumnado o del profesorado, tal si de un zoo literario se tratase (como se suele hacer en tantas ocasiones), sino de preparar con detenimiento y seriedad la lectura previa de una serie de textos que propicien en su recepción la apertura de interrogantes, curiosidades, inquietudes, etc., desde los que promover el coloquio con los autores como enriquecimiento de la lectura y profundización en los distintos aspectos textuales.
Es nuestro sexto curso ya con esta actividad. En especial, en la presente edición queremos contar con autores nacidos con posterioridad a 1960 aproximadamente, como muestra de la más reciente narrativa española.
"Encuentros Literarios de Viva Voz" corresponde al departamento de Lengua Española y Literatura del I.E.S. San Pedro de Alcántara, de la localidad de Alcántara (Cáceres) y en coordinación con el grupo "Francisco de Aldana" del Centro de Profesores y Recursos (C.P.R.) de Brozas (Cáceres).
 
Gracias, Serafín, por contar conmigo y con mi querido Ismael Grasa
( Premio de narrativa  Ojo Crítico de RNE 2007)
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    Uno de los buenos (Ángel González)

    ¿Cómo seré yo
    cuando no sea yo?

    Ángel González

    La vida no vale nada y quizá sea por eso por lo que me siento tan triste, así, esperando encontrar una palabra que explique, un hilo que conduzca, un susurro que alumbre. Una vez esperé toda una tarde a que llegara Javier. Me duché, me peiné, me puse una crema que olía a jazmín (como olía la plaza del centro de Sevilla en junio del año pasado y Manuel me regaló La herencia de Ezther de Sandor Marai). Me puse la crema seis o siete veces. Salí al balcón unas quince o veinte. Me quedé a vivir en el balcón con el bote de crema y sin ganas de vivir. Otra vez, escribí una vida nueva para mí, suponiendo que así Daniel me amaría de otra manera. Y amó a la otra que era yo pero sólo en parte, porque me había inventado una yo que no era y también porque me había quedado en el balcón, sin Javier y sin Jorge y sin los amores que dejé en el portal de mi casa en Ezequiel Solana o en el patio del colegio México o en las calles de Morata, o en los lugares que recorrió mi adolescencia como si fuéramos eternos (I want to live forever).

    Y quizá me duele así porque González está leyendo y Berna llora desconsolada sobre su pañuelo de papel que ha convertido en una bola arrugada y no caben tantas lágrimas en un pañuelo arrugado como en uno que no lo está, eso lo sabe hasta un niño. Cuando el tiempo haya modificado mi estructura a mi la estructura me la han modificado las ganas de reir o de llorar y los milagros que suceden a veces, cuando menos te lo esperas. Por ejemplo un día dices: anda, pero si ya no siento nada. Y no es verdad, porque me duele un poco una muela cuando muerdo, nada grave. Y me duele (ver que Ber) se queda sin pañuelo. Y el cuello de mirar este teatro tan grande, todo para Pedro y Ángel y al pobre Elicura le tuvieron en una sala de las de arriba, bastante más fea y sin aire acondicionado. No siento pero sí. Me refiero a que sentirse superada también es sentir, de otra forma, claro, pero es que esa forma no me deja sentir otras, como cuando soñaba que se podía amar sin límites. A Roberto. A Isa le habría gustado estar aquí. Y a Alice. Y a Ampa. Y a Maribel. Siempre sigo de cerca a Maribel, sin que ella lo sepa: su Tinduf, su Chile, sus Canarias. El elemento misterioso que determina mi tristeza. A mi la tristeza me pone triste y también no poder saber nada de la lista y saber que a veces es posible que las casas se caigan. Uno siempre cree que las casas son sólidas, como los corazones. Un milagro: conocí a Antonio, que conocía a Eliseo y que me lo presentó. Cuando vi "No te mueras sin decirme dónde vas" pensé no te mueras sin decirle gracias. Y no me he muerto. A veces uno se muere porque no sabe que hay gente que le quiere. A mi me quieren mis abuelos y tíos y hermanos. Y Alber. Y casi todos los que me conocen en la lista. Y Lucy. Y Rocio. El fin de semana, más milagros: otra vez tendré casa. ¿Cómo estará Héctor? ¿Qué será de los Enriques y de Carlos y de el oso de peluche de Mariana y de David??? A cada cosa por su solo nombre. ¿Qué pasará cuando mi cuerpo se haya transformado y yo ya no sea yo y se me haya olvidado para siempre sentir y amar y morder y recordar? A Berna se le han acabado las lágrimas y se ha levantado a por más. Y el señor que tiene al lado se parece a Juan Carlos. Hay gente que no sé si sigue viva. Y no tengo a quién preguntar. Eso me da mucho miedo. Me hace sentir lo poco que queda, porque no suelo pensar que la vida siempre es una propina. Carver. Yo no estoy viva más que a ratos. Creo que me he quedado en el balcón de la casa de Molino de Viento. Esperando. Y también, un poco en la terraza de Pozuelo, donde lloré una tarde entera porque Juan se había llevado el sol. Yo misma me rompí el alma en más de una ocasión. Y también: en esas condiciones no hay alivio posible. Así que nada. Si los recuerdos no alivian, habrá que pensar en otra cosa, mariposa. Y mirar hacia el techo del teatro: hay miles de pensamientos volando.

    Publicado en el foro de distribución de Escritura Creativa de la Escuela de Escritores, el 7 de junio de 2002 y recuperado por Mariana Torres en su maravilloso blog Otras Hierbas
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      En Blanco y Negro ( publicado en El coloquio de los perros)
      En blanco y negro

       

      Lara López

       

      Desde la ventana del hotel, la calle nevada parecía aún más ajena. Un pequeño parque, con tres plátanos no muy altos y algunos arbustos copados de nieve, la separaba en dos sentidos. Al fondo, todo lo lejos que le permitía la vista desde aquella esquina, el horizonte se difuminaba en un cielo exageradamente gris y brillante, uno de esos de película en los que, de haberse adentrado, aparecería Michael Landon como poco. Se lo imaginó sonriente, con cara de llevar allí toda la eternidad. Cristina, ¿verdad? Le preguntaría. Y desaparecería con él envuelta en una gran nube gris, como en aquel programa que presentaba Bertín Osborne. Qué guapo Bertín, se dijo, llenando de vaho el cristal con el aliento. Le dolían los ojos. Y Landon, qué guapo, suspiró. Era su suspiro número veinticinco. Miró la hora en el display del televisor. Ya debería estar aquí, se dijo, pensando en los suspiros. Acababa de leer un artículo de lo más revelador en una revista para mujeres que había encontrado sobre la mesa, junto a una de las camas. La autora, una tal C. Lispector, sostenía que se suspiraba el mismo número de veces después de una cita con sexo que cuando no se había practicado en mucho tiempo. Lispector aconsejaba encarecidamente la primera opción, incluso si era una primera cita. Se miró al espejo de la pared de la tele y volvió a suspirar. Según sus cuentas, era el veintiséis. Eso significaba que estaba verdaderamente harta. Resolvió que Landon y el sexo no eran compatibles. Y se dirigió al baño a por sus pinzas de depilar. Se tocó el cuello. Le dolía ligeramente la garganta. De tanto llorar, se dijo. Se frotó los ojos hinchados. En aquella habitación hacía demasiado calor. Sostuvo su mirada en el espejo del baño. Miró su pelo recogido con una pinza fucsia enorme. La había comprado rebajada en Sephora. Nunca la llevaba en público. Siempre había pensado que habría que inventar algo más elegante para sujetar el pelo. Se recogió los mechones, rubios, teñidos el día anterior, de las sienes. Estas pinzas son un espanto, murmuró. Mientras se ahuecaba el pelo, volvió a suspirar, esta vez de calor. Veintisiete, dijo, pensando también en el calentamiento global. Había intentado abrir las ventanas para refrescarse pero las ventanas de los hoteles no parecían estar preparadas para las ocasiones en las que una necesitaba respirar. Salió del baño, con ambas pinzas en la mano. Fuera nevaba suavemente y la luz era cada vez más brillante. Miró la hora en el display del televisor encendido. Llevaba en ese hotel de provincias, esperándole, cinco horas y cuarto. Cinco y cuarto, repitió en voz alta. Sintió un malestar indefinido. Le dolía ligeramente la garganta. Se dio cuenta de que querría haber suspirado. Miró a su derecha, sobre la cama sin deshacer, la camisa negra de seda transparente que aún esperaba estrenar. Pensó en que debía haber relación entre los suspiros y la falta de oxígeno y comenzó a recorrer la habitación lentamente apagando las luces. Primero la de la mesilla del lado en el que él solía acostarse. Tras dudar un segundo, volvió a encenderla. Apagó la lámpara junto al televisor. Luego, la de la puerta de entrada. Se imaginó siendo la única superviviente de un mundo a punto de extinguirse obligada a repetir ese ritual de apagar las luces en orden. Durante el viaje, había empezado a imaginar la conversación que aún esperaba mantener, pero la había tenido que interrumpir para sortear el cadáver de lo que debía haber sido un inmenso pájaro negro, en medio de la calzada, aplastado sobre la nieve. Durante unos segundos, mientras pisaba el acelerador de su Volkswagen azul y corregía la dirección del volante, imaginó la noticia en el telediario de la noche. Había notado su mano ligeramente temblorosa mientras subía al cinco la calefacción para quitar el vaho del parabrisas. Le había imaginado incrédulo, recién llegado, con su Nissan negro aún en doble fila, en la entrada del hotel de provincias. O, mejor, recién duchado, con la toalla mojada aún puesta en la cintura y el mando en la mano, sentado sobre la cama y con la colcha, marrón oscura, sin deshacer. Le gustaba imaginar. Lo hacía bien. A veces conseguía hacerlo con tanta fidelidad que se echaba a llorar como una magdalena. A veces, de niña, pensaba en sus padres descubriendo que ella misma, su querida hija, había fallecido tras un descuido. Una sobredosis de optalidones. Una lata en mal estado.

           —Creo que no es buena idea que hagamos el viaje juntos.

           Había visto su enfado. Hosco, desagradable. Como si fuera antiguo. Se le había hecho un nudo en la garganta y se había quedado muy quieta. Cualquiera, mirándola, habría pensado que decidía qué café sacar de la máquina.

           —Quizá— había respondido, sin mirarle a los ojos, dejando el vaso aún con café en el resquicio del ventanal y regresando despacio a su mesa de trabajo, para pedir hora en la peluquería. Un día después, él se había disculpado por haber estado tan lejos.

           Apagó la luz del baño y echó un vistazo a su alrededor. La bandeja con la cena seguía en la mesa, frente al televisor, sin tocar. Quería que pensara que no tenía ganas de comer. Se sirvió una copa de vino del minibar. Al llegar le preguntaría por qué no había tocado la cena y ella, sin darle importancia, le diría que últimamente no tenía apetito.

           En la pantalla había un locutor con una corbata demasiado rosa. Miró sus labios. Carreteras cortadas y caos en el sur, leyó en un cartel, escrito en azul. Siguió leyendo algo sobre el mal tiempo y la subida del IPC. Subió el volumen y se quedó un rato escuchando a gente que protestaba por la poca previsión del gobierno. Enseguida cambiaron a los accidentes de tráfico provocados por el temporal. Pensó en que todos los que hablaban eran hombres. En la pantalla, el de la corbata enumeraba los accidentes. Tres en la autovía que ella misma había tomado hacía cinco horas y treinta y cuatro minutos. Pensó en las mujeres de esos hombres, esperando en sus casas a que volvieran. En ella misma, siempre esperando. Sentada en una esquina de la cama, pensó en la mujer de él. En sus hijos, que aún eran pequeños. Y, en la penumbra de aquella habitación de hotel, deseó, con todas sus fuerzas, que el coche que aparecía en la pantalla, negro como un pájaro sobre la nieve, fuese su Nissan negro.

       

      Ayer se publicó el número de invierno (¡el 19!) de la revista  El Coloquio de los Perros.

      Juan de Dios me pidió un cuento inédito. Se admiten críticas. 

      AVISO: el resto de la revista es mucho mejor ;-D

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        Salón Internacional del Libro Africano y Encuentro de Editores en Canarias SILA

        El TEA (Tenerife Espacio de las Artes) acoge anualmente el Salón Internacional del Libro Africano (SILA), evento editorial y literario compuest0 por presentaciones de libros, conferencias, debates, cine, música, un club de lectura y una exposición.

        El Salón Internacional del Libro Africano (SILA) se consolidó en 2009, aunque sus inicios se hallan en el Encuentro de Editores en Canarias, un proyecto al que está estrechamente vinculado, al dedicar en 2008 un amplio espacio de su programación a las literaturas africanas. El I Salón Internacional del Libro Africano sentó las bases de un proyecto a través del cual se quieren dar a conocer estas importantes y aún hoy poco conocidas realidades literarias, debatiendo con sus protagonistas (escritores y editores) en qué consisten las dificultades de escribir y editar en África, con el objetivo de buscar soluciones y facilitar las ayudas para la traducción de estas obras, que han sido escritas –en muchos de los casos– en el idioma de las antiguas potencias colonizadoras, y en otros en el materno. Aprovechando también su estratégica posición geográfica, el SILA está contribuyendo a que Canarias sea una plataforma que fomenta el intercambio y las relaciones culturales entre estos tres continentes.

        Precisamente, entre los objetivos del SILA se encuentra acercar la rica diversidad cultural africana a Europa y América, utilizando el libro y las diversas manifestaciones literarias como herramientas de trabajo. También generar y fomentar relaciones con los escritores africanos, así como con sus editores, y trabajar para alcanzar acuerdos con instituciones de ambas orillas para la creación de intercambios culturales, con el fin de que el Encuentro de Editores en Canarias-Salón Internacional del Libro Africano sea una verdadera plataforma de difusión de las letras y el pensamiento, para que el Archipiélago sea el punto de encuentro por excelencia del conocimiento de la cultura africana en el ámbito de la creación literaria, fomentando sinergias entre sus protagonistas al poner en contacto a autores y editores africanos con canarios, europeos y americanos.

        *Información elaborada por LRCanarias

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          dizis avlas cun árvulis (Gelman)
          dizis avlas cun árvulis dices palabras con árboles
          tenin folyas qui cantan
          tienen hojas que cantan
          y páxarus
          y pájaros
          qui djuntan sol
          que juntan sol
          tu silenziu
          tu silencio
          disparta
          despierta
          lus gritus
          los gritos
          dil mundu
          del mundo
           

           
          La primera vez que oí este poema de Juan Gelman fue en la magnífica voz de Dina Roth. Lo incluyó en un cancionero de música sefardí en el que también encontré poemas de Clarisse Nicoidsky, Una mano tumó l’otra.
           
          Lo editó Karonte a finales de los noventa, igual ya está descatalogado.
           
          Lo he recordado al pensar en 2007.
          Un año en el que hemos cantado palabras,
          sobre las que se han posado pájaros
          que han juntado sol…
           
          Felicidades, 2007.
          Has sido un buen año.
          Le diré a los Reyes que te traigan muchas, muchas cosas buenas.
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